Estos días se ha hablado mucho de las acciones comunicativas que han llevado a cabo las marcas para dirigirse a su público. Entre otras cuestiones, se ha debatido si los mensajes eran suficientemente empáticos, si ofrecían flexibilidad a los clientes e incluso si los comunicados llegaban con retraso.

También se ha comentado mucho en redes la agilidad con la que algunas grandes marcas han hecho anuncios publicitarios relacionados con la situación actual. A mí este debate me parece súper interesante y reconozco que he leído algunos copys que me han encantado y que, sinceramente, me hubiera gustado haber escrito yo misma.

No obstante, querría reflexionar sobre lo que para mí se ha constatado como un hecho evidente: muchas marcas necesitan correctores, lingüistas, redactores profesionales o, al menos, un curso básico de escritura.

Yo soy una de esas personas que se suscriben compulsivamente a newsletters de toda índole (revistas de moda, suplementos culturales, marcas de ropa, blogs personales y un largo etcétera).

No obstante, también soy de esas personas que acumulan enormes cantidades de newsletters sin abrir y estos días la acumulación ha sido más exagerada que nunca porque he recibido montones de correos de todo tipo, incluso de marcas a las cuales no recuerdo haberme suscrito nunca.

Como ahora tengo poco trabajo (sí, soy autónoma) y además vivo sola, me entretengo leyendo lo primero que pillo. Estoy leyendo y releyendo libros, revistas, blogs y newsletters. Muchas newsletters.

Anoche, enfrascada en la lectura de estos e-mails corporativos, me di cuenta de que muchas de estas comunicaciones fallaban en los mismos puntos: párrafos poco ordenados, escaso uso de sinónimos (con su consecuente empleo repetidísimo de palabras ), comas colocadas sin ton ni son y saludos fuera de toda convención.

Sé que se está escribiendo mucho y a toda prisa, pero me gustaría que se pusiera el mismo empeño en escribir correctamente que en buscar la fotografía más adecuada. No acabo de entender qué sentido tiene mandar un correo desde una empresa, ya sea con finalidades informativas o publicitarias, si la impresión que esta va a dar va a ser tan mala.

Abro mi bandeja de entrada y veo correos con un diseño acorde con la marca, imágenes que evocan la historia que la empresa quiere contar y palabras que, con más o menos suerte, pretenden transmitir un mensaje, pero también me encuentro con un montón de sinsentidos gramaticales y sintácticos, comas que parecen haber sido colocadas ahí por azar y saludos y despedidas más propios de una carta de amor adolescente que de una compañía seria.

Lo reconozco: no he podido contenerme y he elaborado una lista con los errores más frecuentes.

  • Ausencia del signo de apertura de una exclamación (¡). En español, las exclamaciones se abren y se cierran,

  • Los títulos de series, libros y películas se escriben en cursiva, no entre comillas: Guerra y paz y no “Guerra y paz”.

  • El pronombre quien, cuando formula una pregunta directa o indirecta, se escribe con tilde.

  • Uno muy muy básico con el que me he encontrado tres veces: la primera letra de una oración, tanto cuando empieza un párrafo como cuando va después de un punto, se escribe con mayúscula.

  • La siempre olvidada coma del vocativo. Entre el saludo Hola y el vocativo Aina, María o José se escribe una coma y después del saludo se añaden dos puntos, no un punto ni un signo de exclamación.

  • Cuando dos palabras repetidas pertenecen a la misma secuencia, no se pone una coma entre ellas: muy muy básico.

  • Los extranjerismos se escriben en cursiva.

  • No ponemos una coma tras pero cuando precede a una oración exclamativa o interrogativa. Se escribe Pero ¡qué bien! y no Pero, ¡qué bien!

  • Sustantivación a tope. He leído procederemos al estudio de su solicitud de rembolso cuando podrían haber escrito, por ejemplo, estudiaremos su solicitud.

Estos son solo algunos de los ejemplos que he podido ver y leer en los correos que he recibido, pero me temo que esta cuarentena va a dar para mucho más.

En fin, el problema no es que no funcione la comunicación de las empresas grandes, medianas o pequeñas. Insisto en que he visto trabajos fantásticos estos días. El problema, desde mi punto de vista, es que una vez más se prescinde de correctores y redactores profesionales porque escribir es fácil y sabemos todos. O quizá me equivoque y la verdadera causa de todo esto sea todavía más dura: la palabra ha perdido todo su valor en la partida contra la imagen, la inmediatez y el espectáculo gratuito.