Lo que más me cuesta de esto a lo que llaman emprender es recalcular la ruta cuando algo no sale como esperaba o, simplemente, cuando algo no sale.

Se pierde  un montón de energía entre gestionar la desilusión y asumir la imposibilidad de dejarlo todo para maldecir a alguien un buen rato. Porque claro, aunque el desengaño te absorba y te pida a gritos que te quedes en la cama mirando el techo, tienes que levantarte sí o sí a por un nuevo día. No vaya a ser que te cojas la jornada libre y la cosa se ponga aún peor.

No sé cuántas veces me he visto en esta situación durante el último año, pero todavía no me he acostumbrado a ello. Tampoco sé si es cuestión de tiempo, de positivismo o quizá de experiencia, pero cuesta asumir la desilusión como algo normal.

Lo que sí sé es que es necesario admitir las debilidades de uno mismo para reconocerlas y aprender a vivir con ellas. Creo que solo así la frustración puede convertirse al menos en algo útil.

Cuando me encuentro ante una situación así, suelo hacer una de estas dos cosas:

A veces, me levanto de la silla, respiro profundamente y me digo: vale, esto no es como esperaba, es una pena, pero ahora no puedo gastar mi tiempo y energía tratando de entender algo que no está en mis manos. Entonces, lo dejo aparcado para otro momento.

En otras ocasiones, cuando algo ocupa constantemente mi mente y no me deja avanzar, dejo lo que estoy haciendo  y me pongo a escribir. Poner por escrito mis pensamientos me ayuda a bajar el ruido de mi cabeza hasta hacerlo casi imperceptible. Escribo sin pensar, sin fijarme en cómo redacto. Simplemente trato de vaciar la cabeza. Cuando ya no me sale nada más, dejo el texto a un lado y por la noche o al día siguiente lo leo, me enfrento a él sin prejuicios.

Dice Santiago Roncagliolo en su artículo «El perdedor feliz», en el que habla sobre su selección, Perú: “Los equipos de mi hijo pueden echar a un entrenador por haber perdido la final. Nosotros perdimos la de la Copa América y queríamos elegir al entrenador presidente de la república. He visto a amigos de mi hijo llorar en un partido porque solo van ganando 2-0. Los míos a veces agradecen si solo vamos perdiendo por ese mismo marcador”.

Supongo que ahí está clave. Los que no estamos acostumbrados a ganar, a triunfar, a que nos elijan tenemos otra manera de enfrentarnos a la derrota. Los que sabemos perder, precisamente perdemos cada vez menos tiempo en lamentarnos.

También tenemos días buenos, claro, e incluso temporadas brillantes, pero nuestra ambición y nuestras victorias son de otro calibre.